A media mañana del jueves la tienda estaba llena. La hija del dueño, que trabajaba como dependienta en el negocio familiar, se sintió indispuesta.
Su madre, que ya sabía de eso, pidió a una clienta que avisase a Pilar con urgencia. Despúes llevó a la hija hasta la cama mas cercana, que era la suya, y en la que 27 años antes había nacido la dependienta.
Felipa vio a Pilar subiendo la calle de los Leones. ‘¿Donde vas con esas prisas?’, le preguntó ‘A casa de Isabel’ fue la respuesta. Felipa sintió que el corazón le daba un vuelco.
En aquella habitación había cuatro personas llorando. Tres de felicidad: Felipa, Isabel la madre y Natividad la dependienta. La cuarta era yo, suspendido de los brazos de Pilar, la partera.
Felipa, mi tía abuela, a quien le gustaba contarme esta historia al final añadía: ‘Que frío hizo aquel invierno del 62′.



